INSTRUCCIONES PARA ACTIVAR UN DARUMA

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Siempre me ha preocupado. Me refiero al poco tacto que tiene la niebla para colarse entre las montañas. No sé, era como si febrero hubiera decidido tender un mantel sobre el que íbamos a tener que comernos todas esas derrotas que, previsores, habíamos ido almacenando durante los meses más fríos.

Lo que está claro es que cada uno combate los inviernos a su manera y que nosotros lo hacíamos sentados en nuestra mesa del bar del pueblo, la sede oficial de la Asociación de Planificadores de Vidas Sin Presupuesto, preocupados únicamente por que nadie se fuera, por aquello de no quedarnos solos a esas horas en las que los recuerdos gobiernan con mano de hierro.

Una vez más la puerta del bar se abrió y, aunque alguien lanzó una mirada de reproche burocrático a causa del frío que se colaba por la rendija, a mí se me escapó una sonrisa al verle aparecer. Acababa de llegar de Japón, de hacer un reportaje sobre alguna de esas tribus aisladas que como diría Paul Bohannan nos recuerdan que, para raros, nosotros. Venía con ese look entre samurai moderno y cosaco ruso y tras quitarse el sombrero y el abrigo, sin mediar un saludo, se sentó frente a mí y pidió otra ronda. Yo seguía manteniendo la cara de sorpresa mientras le interrogaba con los ojos y, enseguida, pareció entender que estábamos listos para una buena historia.

Charlábamos y se nos había vuelto a pasar la hora de cenar cuando sacó una bolsa pequeña de debajo de la mesa. Y así, como un rey mago impuntual, nos fue repartiendo recuerdos de sus viajes. Lo que me había traído de Japón era una figurita artesanal  hecha en pasta de arroz, roja y con forma de huevo. La había  visto antes, no había dudas, pero no estaba seguro de qué era, de cómo se llamaba ni de por qué tenía los ojos sin pintar. Ahora era él quien, conociéndome bien, esperaba el golpe de vuelta en forma de pregunta.

-Es un daruma -dijo – una figura del folclore japonés, un amuleto que sirve para ayudarte a cumplir un propósito. Sólo tienes que formularlo mientras le pintas uno de los ojos, el otro podrás pintárselo cuando lo hayas cumplido.

Un poco a la defensiva recalcó lo de propósito, no objetivo. Quizás consciente de lo reacio que soy a todo lo que tenga un tufillo a productividad personal y a libro de autoayuda. Da igual, lo cierto es que en ese momento me oí decir algo así como que ese daruma seguramente se quedaría tuerto de por vida. Y es que, ¿acaso no era este era un pueblo de darumas tuertos, un lugar donde los propósitos rara vez dan un paso más allá de la boca de un vaso? Lo cierto es que el concepto de los darumas tuertos caló bien y nos llevó a idear un borrador de novela conjunta que, al ritmo del chasquido de las chapas de cervezas que se iban acumulando sobre la mesa, fue escalando hasta la creación de algo así como una editorial pseudofilantrópica.  Al final, la rutina, que enfría más que el invierno, también congeló estos proyectos y yo lo único que me llevé a casa ese día fue un extraño compañero de piso.

¿Cómo explicar lo largos que pueden hacerse los años cuando convives con un daruma sin ojos? Todavía guardo la imagen de esa cara inexpresiva, juzgándome a diario desde el escritorio por ser incapaz de tener un propósito.

Pero hay días raros en los que uno vuelve a encontrarse con un libro, como quien se reencuentra con un amigo que acaba de volver del otro lado del mundo, y se ve leyendo por enésima vez aquello que contaba un hombre del pueblo de Neguá: Que el mundo es eso, un montón de gente, un mar de fueguitos.

Justo entonces estuve listo para mirar al daruma a los ojos, pero recordé que aún no tenía.

«Si somos un mar de fueguitos yo voy a ser gasolina».

Sé que en ese momento pudo verme con claridad.

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