
Hay quien dice que la necesidad de contar historias es una de las cosas que nos hacen más humanos, que estamos hechos de relatos.
Y es que no resulta extraño pensar que, incluso antes de que comenzásemos a reunirnos en torno al calor de una hoguera, nuestra identidad ya iba destilándose, gota a gota, a partir de los nombres de las personas, de los lugares y las palabras que nos eran familiares, produciendo algo así como un perfume de tribu, la microhistoria de un nosotros.
Hablamos de lo cercano porque es también una forma de cuidarlo, de evitar que caiga en el olvido. Además, no es difícil intuir en lo cotidiano una sustancia que tiende a filtrarse a través de nuestros poros y que, por medio del contacto con los demás, cristaliza fácilmente en historias.
En cuanto a mí, he de confesar que nunca me han interesado demasiado aquellas protagonizadas por grandes personajes. Quizás porque sé que nado mejor cerca de la orilla y prefiero sumergirme en los grandes temas de la mano de aquellos con los que puedo compartir un café.
No será extraño, por tanto, que algunos de vosotros os reconozcáis en los textos, pues son muchos los modos de contarnos y El Daruma Tuerto quiere ser eso: una forma de narrarnos, de convertirnos en relato, de cuidar y ampliar la tribu.
G.
