Aún no había conseguido encajar el paraguas en uno de esos paragüeros de tienda nórdica, que se han quedado atrapados en plena transición entre cubo de basura y cerámica milenaria de la dinastía Ming, cuando oí una voz desganada que preguntó:

– ¿Tiene cita?

Al levantar la cabeza, descubrí que la frase había saltado automáticamente de algo parecido a un ser humano. Tenía la cara estampada, a modo de tatuaje, con la cuadrícula de una hoja de Excel y sus piernas eran demasiado cortas para poder bajarse de la silla si, por algún motivo que en aquel momento me pareció poco probable, considerase oportuno hacerlo.

– Sí, a y media, creo que llego un poco tarde – dije tratando de establecer contacto visual, a fin de que mi cerebro humanizase, en alguna medida, aquel rostro de rejilla que parecía rastrear algo entre las noticias sugeridas por el navegador.

-Tarde, temprano… ¿Qué más da? El tiempo es relativo, ¿no? ¿Qué es exactamente? Cuando no me lo preguntan, lo sé. Ahora, cuando me lo preguntan… Eso ya lo decía San Agustín – comenzó a discurrir mientras me tendía un pequeño rollo con aspecto de servilleta paleolítica – Claro que eso me pasa con más cosas – continuó – Es más, ¿Quién soy yo? Porque si trato de pensarme por mí misma, no sería objetiva y tendría una visión demasiado parcial, pero si le robo las frases, por ejemplo, a San Agustín, me diluyo en un discurso ajeno… ¿Cuánto de él habría entonces en mí? ¿y de Dios? ¿cabemos los tres en este metro y medio cuadrado de carne? Tal vez ChatGPT…

Entretanto, yo luchaba por mantenerle la mirada mientras forcejeaba, cada vez menos disimuladamente, para arrebatarle de la mano el rollo y terminar ya con ese mitin que me había pillado en ayunas.

– Sí, claro, tenga este cuestionario y respóndalo antes de ver a la doctora – dijo arrellanándose de nuevo en la silla y haciéndome ver, con ese gesto dos por uno, que yo ya sobraba ahí.

Pasé entonces a una sala de espera abovedada y bastante oscura en la que tan sólo unos reclinatorios se ofrecían como alternativa posible a una silla. Opté por ocupar uno de los que había más al fondo, con la intención de no ponerme delante de la única persona con la que compartía estancia. Era un hombre macilento, que maridaba a la perfección con el fuerte olor a botafumeiro que advertí al entrar y con la emisión matutina de Radio María, esmerada desde hacía rato en echarnos en cara que alguien había muerto y resucitado por nosotros.

-Si la limosna es de cuantía, hasta el santo desconfía – pensé con cierta malicia al oír el sermón.

Desenrollé por fin el cuestionario y, para mi sorpresa, vi que sólo constaba de una pregunta: ¿tiene la sensación de que ya no hay nada que merezca la pena? Las opciones de respuesta, que se me hubieran hecho bastante propensas a los matices, se reducían sin embargo a dos opciones: “Sí” o “Creo que sí”.

Marqué la segunda opción, por parecerme al menos la más humilde, pero relegué la pregunta a un elegante segundo plano al ver que la luz del único fluorescente de la sala amenazaba con abducir al otro hombre, quien ya se elevaba varios palmos sobre el repositorio mientras leía a toda velocidad las páginas de la sección de esquelas del ABC. De pronto, a medio camino entre el techo y el suelo, el discurso renqueó y él dejó de ascender para seguir la única alternativa direccional posible y volver al punto de partida con algún cardenal extra.

-Siempre me equivoco en la misma parte, dice “María Josefa Zapico, viuda de Pepín el de Cabranes”, no “el de Cabrales” – murmuró a la vez que se quitaba la camisa y comenzaba a flagelarse a golpes de periódico, bastante desproporcionados si se tiene en cuenta el error.

-¡Pero hombre, al menos trate de ascender con un periódico que no tenga grapa! – Intervine al verme partícipe de la escena y justo en el momento en que la enfermera me llamaba para pasar a consulta.

-¡Qué anatema! ¡La grapa es el sufrimiento, es lo que purifica! ¿Qué sabrás tú? ¡No has sufrido en tu vida! – Sentenció ventajista.

La enfermera enseguida comenzó con las pruebas de rigor, pero, a medida que avanzaban, sus muecas iban solidificándose en una expresión de pena que, como no tardé en saber, anticipaban un diagnóstico incómodo. He de reconocer que se afanó con dedicación en la analítica, la espirometría y la auscultación. Tras cada intento, me miraba con una sonrisa triste, tratando de tranquilizarme y repitiendo que estaba segura de que la siguiente prueba daría resultado. Por fin, pareció tirar la toalla y con una ternura casi maternal me dijo:

-Verá, ya me parecía que algo no iba bien, que no estaba usted muy católico, pero no quise creer que fuese para tanto…. Es que unos dicen que está en la cabeza, otros en el pecho, pero yo no le doy con ella. Me temo que tiene anemia de alma y, el cuestionario aportará más información, pero puede que también tenga algo de falta de fe…

Yo le aseguré que me encontraba bien, que mirase mejor, por si simplemente fuera colesterol o hígado graso, que sabía de algún amigo que dejando de beber y limitando el arroz con leche había mejorado, pero cabeceó resignada y resolvió elevar el asunto.

-Será mejor que le vea directamente la doctora, es experta en tratar a los faltos de fe y en general a toda la gente que se ha salido del camino – continuó, apelando a mi esperanza y haciéndome pasar a un despacho innecesariamente grande.

Dentro, la doctora esperaba respaldada por una enorme vidriera, cuyos vitrales componían claramente el lema «Quien nada debe, nada teme». Más abajo, en un papel cutre y escrito a rotulador de punta gruesa, se detallaba que se aceptaba Bizum y pago con tarjeta, haciendo descifrable la amenaza también para los menos perspicaces.

El hecho de que estuviera sentada en una silla de socorrista barroca, que dejaba mi cabeza a la altura de sus pies y le mantenía a una distancia más que prudencial de mi recién estrenada condición de inanimado, me hizo dudar del tipo de auxilio que podría recibir de aquella señora. Esa distancia la subrayaba una larga mesa de caoba sobre la que se alzaba la imagen de un cristo crucificado del tamaño de un Baby born. Me alivió ligeramente que la figura quedara bajo la sombra que proyectaba mi interlocutora. Un hombre clavado a una cruz no es la imagen que más me levante el ánimo.

Sin dar lugar a presentaciones, la mujer tensó el gesto y, apretando los puños contra los reposamanos de la silla, inició un tiroteo autoritario en el que yo intenté encajar lo mejor posible cada pregunta, a la vez que esquivaba los perdigones de saliva.

– Empecemos por confirmar lo que, a todas luces, es más que obvio: ¿Cuántos pecados capitales ha cometido a lo largo de la última semana? – Escupió, obligándome a la vez a ponerme a contar con los dedos – Déjelo, no es necesario que responda, es milenial… le anotaré sin más la pereza, la gula, la soberbia y la lujuria. Tómelo como ejercicio de benevolencia por mi parte.

Preferí no objetar nada. Eran cuatro de siete, casi un aprobado por mi parte, y yo iba ya por el quinto dedo. Me limité a poner una sonrisa de tímida disculpa.

-¿Tiene antecedentes heréticos en la familia? Cuénteme ¿algún exorcismo por vía paterna? ¿antecedentes de brujería? ¿algún primo heavy? Estas cosas son las únicas en las que la genética no falla – Prosiguió.

-A ver, tuve una bisabuela bruja, pero tampoco creo que la hubieran admitido en Hogwarts. – Me defendí.

-¡Aja! La semilla del mal no se salta ninguna generación – atajó – Y en cuanto a sus hábitos, ¿Qué tiene que confesar? ¿ha estado bajo el influjo de los chakras, el Qi, la ayahuasca o alguna otra fuente de energía alternativa? Da igual, no pienso acercarme para corroborar la evidencia que delatan sus ojos. Le recetaré agua bendita cada ocho horas. En vaso de sidra, eso no lo cura un chupito.

Esta vez ni siquiera dejó un espacio de cortesía antes de continuar.

-Apuesto a que tampoco practica la caridad.

-Bueno… una cerveza no se la niego a nadie y a veces dono el vale del Alimerka – Dije, no muy convencido.

-¡Insuficiente! Siempre se puede hacer mejor – intervino, guardándose debajo de la bata un colgante de oro que hubiera despertado la envidia de cualquier rapero americano – ¡Qué apego a lo material! ¿no recuerda aquello de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios? ¿Qué pretende?¿Ser el más rico del cementerio?

-¡Oye, que los demás me preocupan! Reciclo para cuidar el planeta ¿eso cuenta? – Excusé de forma innecesaria, atónito ante lo surrealista de su último gesto.

-¡Dios decidirá cuándo se acabará el mundo! ¿Quién se cree usted? – exclamó totalmente fuera de sí – ¡¡Blasfemia!!

No sabría decir durante cuánto tiempo se prolongó esta especie de tercer grado. Tiendo a dispersarme con facilidad en los momentos más inverosímiles y la disociación es para mí lo más parecido a un estado de éxtasis. El caso es que, mientras continuaba oyendo el ruido de fondo de las preguntas que ella misma contestaba por mí, corroboré lo que hasta el momento me había parecido una alucinación derivada de mi nuevo estado de persona convaleciente: la figura del crucifijo había ido acercándose, poco a poco, hasta salir de la sombra y situarse a menos de un palmo de mí.

Baje la mirada para observar de cerca a aquella especie de Robe extranjero al que, en este país, le hubiéramos prohibido la entrada o, en el mejor de los casos, relegado a un NIE con el que engrosar las estadísticas de todo lo que despreciamos socialmente. El hombre que, malparado, colgaba de aquellos dos maderos como una sábana vieja secada al sol, alzó poco a poco su rostro hacia el mío y resopló mientras hacía un movimiento de negación en alusión a la verborrea de aquella mujer que, por cierto, ya estaba sacando el datáfono.

Empaticé al instante con el gesto y me vi invadido de cierta compasión al pensar que, para ser quién decían que era, él tampoco tenía tan buen aspecto ni había podido evitar que todo se le fuera bastante de las manos.

Quizás, al final, el error de los dos había sido el mismo: permitir que nuestra versión la cuenten los otros.

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